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viernes, 27 de octubre de 2017



Utilizamos de forma incorrecta el verbo tocar. En realidad, nada tocamos. La ciencia dice que los átomos que conforman nuestra realidad se aproximan y quedan a una distancia tan mínima que nosotros, incapaces de percibir el pequeño vacío, creemos que existe un contacto. Necesitamos creer que así es, para nuestra tranquilidad. Sería desolador pensar que todo, absolutamente todo a nuestro alrededor, se paraliza al intuir la cercanía de algo. O de alguien.
Entonces, ¿qué hacen tus dedos moviéndose sobre unas teclas que los repelen?, ¿qué hacen tus pies intentando inútilmente pulsar los pedales?, ¿qué tipo de brujería consigue que llenes el ambiente de notas? Así, sin que el verbo exista.

La verdad es que no tocas. La fuerza electromagnética ejerce en el tándem instrumento-compositora una suerte de lenguaje. Una comunicación ininteligible para el resto de mortales, que solo sabemos utilizar palabras comunes o frases manidas. Pero lo vuestro es distinto.

La música, ese extraordinario enigma.


sábado, 6 de mayo de 2017

Simbiose

Non sei coidar plantas. Morren sempre. As follas apáganse e o seu verdor esfúmase. Múrchanse implorando que as rescate da súa agonía. Eu non poño atención ós sinais que me envían e continúo ao meu. Non esaxero cando afirmo que un cacto sobreviría antes no deserto. Na miña defensa direi que non é falta de obriga senón descoido.

Ante tal imposibilidade alguén díxome unha vez "Quen non pode manter unha planta é incapaz de criar un fillo". Sentenciouno con naturalidade, restándolle importancia ó dito. Coma quen camiña pola rúa e pregunta a hora.

Pode que teña razón aínda que sería un prodixio troca-los papeis. Imaxinar que son elas as que coidan de min. Devolverlle o agasallo cunha mostra de simbiose. Coidar e ser coidada.  



No sé cuidar plantas. Se me mueren siempre. Sus hojas se apagan y el verdor se esfuma. Se marchitan implorando que las rescate de su agonía. Yo no presto atención a las señales que me envían y sigo a lo mío. No exagero cuando afirmo que un cactus sobreviviría antes en el desierto. En mi defensa diré que no es falta de compromiso sino despiste.

Ante tal imposibilidad alguien me dijo una vez "Quien no puede mantener una planta es incapaz de criar a un hijo". Lo sentenció con naturalidad, restándole importancia a lo dicho. Como quien camina por la calle y pregunta la hora.

Puede que tenga razón aunque sería un prodigio invertir los papeles. Imaginar que son ellas las que cuidan de mí. Devolverle el regalo con una muestra de simbiosis. Cuidar y ser cuidada.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Si alguna vez ves que me giro de repente, sin darte ninguna explicación y sin un motivo plausible, piensa que no será mi intención ignorarte. Alejarme será un daño colateral. Cojo la capa roja para cubrirme, me hago dos trenzas perfectas y pinto mis labios de un rojo intenso. No será para provocarte. Será por mi deseo de irme. Será porque el tiempo es demasiado valioso para permitir que se escape por la alcantarilla. Quiero saltar y volar. Cada vez más alto. El suelo elástico me impulsa para llegar más lejos cada vez. Para flotar de pronto sobre las nubes. Qué vida tan deliciosa estar en el cielo. Sobrepasar los horizontes para verlos desde arriba.

Ilustración de Tamara Martínez

Mundo de gigantes

Me siento como si traspasara la línea. Primero sentí el calor de la cercanía y ahora la distancia que nos separa va en aumento. Es inequívoco el sabor de hielo en tus labios. Y siento que menguo hasta ser insignificante. Me siento nada en este mundo de gigantes.

Ilustración de Tamara Martínez

miércoles, 23 de octubre de 2013

Ojos que no ven

Se había quedado congelada, en el tiempo y en el espacio. Un espacio tan limitado que ni siquiera era consciente de su propio auto encierro. Sabía que la puerta estaba abierta y que un abismo de posibilidades la esperaría fuera. "No quiero sorpresas", me dijo una vez. Y esas palabras retumbaron en mi mente durante días, meses, años. Me costó entender que para ella "posibilidades" significaba tirarse al vacío, que dar un paso era imposible sin sentir latir su corazón de una forma insoportable. Me costó entenderlo. Es lo que ocurre cuando chocan dos mundos distintos. Quizás sus ojos no estaban preparados para ver más allá de cuatro paredes limpias, vacías, dentro de un espacio inhóspito para cualquiera. O tal vez su alter ego invisible le cortó las alas y le quitó sus ojos para elevarlos al cielo, sustituyéndolos por otros llenos de vacuidad, carentes de la inherente facultad de ver y mirar, de observar y comprender, de la posibilidad que goza cualquier par de ojos para considerarse parte de un cuerpo autónomo. 
Intenté ayudarla. Llegué a agarrar con fuerza su mano para sacarla de ese encierro absurdo. Pero fue inútil. Ella había decidido vivir sin la incertidumbre que se tiene al caminar sin destino exacto, sin el parpadeo constante de unos ojos reales.


Microrrelato de "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi, como colaboración para "Croa magazine"http://croamagazine.es/los-pajaros-de-mi-cabeza/.


viernes, 4 de octubre de 2013

Metamorfosis

Supuse que se acercaba la muerte y me equivoqué. La cadena de adversidades no han sido más que un paso. El deterioro como mero trámite hacia una transformación. Mientras siento los gusanos retirando lo residual hasta dejar únicamente la esencia misma, observo mi estancia en el limbo de la indecisión reflejada en los ojos de otros. Esos que se atribuyen etiquetas sin pedir permiso, que ofrecen vínculos imaginarios a relaciones inexistentes. Porque no me conocen. En realidad, nadie me conoce. 
Percibo en sus caras un gesto fingido, intentando disimular su asombro, su rechazo, incluso el asco que mi nuevo yo les provoca. La sombra oscura bajo mis ojos aumenta, mi piel va adquiriendo un tono cada vez más descolorido, casi mortecino, y mi cuerpo se va desprendiendo del peso de la vida. Piensan que mermo. Qué equivocados están. Cuando observen a la mariposa batir las alas soltaré una carcajada. He de confesarte que en algún momento pensé como ellos, planteándome apresurar el final definitivo. Sin embargo, opté por la espera, rigurosa y paciente. Entre tanto, has aparecido tú, aceptando mi realidad, sin pensar que esta nueva lógica fuese descabellada. No sé qué don tienes para mirar más allá de lo simple. Es evidente, no pierdes el tiempo en banalidades. Quizás estés a un paso de comenzar este ritual necesario, quizá tú también estés a punto de sufrir una metamorfosis.


Con este relato he colaborado en la sección Creación de www.culturamas.es

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Barreras


Al otro lado, lo desconocido. Tras esos hierros tu vista es ciega y no hay respuestas inmediatas. Y, sin embargo, lo anhelas igualmente. Porque tu mano te delata en un intento de traspasar la línea. Y el deseo de construir el giro de tu historia aumenta, de partir de la nada para dibujar con lápices vírgenes. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Retrato



Hay lazos que traspasan lo genético, la sangre. Aún cuando las vidas se cruzan de manera obligatoria, sin propia elección, parece existir una ley especial que rige nuestros destinos. Ella. Valiente, aunque lo niegue un millón de veces. Bondadosa, aunque piense que no da nada cuando aporta todo. Única, porque no hay nadie como ella aunque existiesen miles de tierras en otras galaxias. Puede que seamos pequeñas hormigas poblando un mundo cada vez más complejo y, sin embargo, qué sencillo se vuelve todo si ella está cerca. 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Viaje sin retorno

Ha estado bien esto de cambiar de forma drástica. Borrarme del mapa ha sido una de las mejores decisiones que he tomado nunca. E, irremediablemente, la última. Tenía mis dudas de cómo sería este lugar finalmente, pero, ¿sabes? Se han superado todas mis expectativas. Lógicamente, jamás hemos tenido noción alguna de este sitio, del que solamente existen a la venta billetes de ida. Un viaje sorpresa, sin despedidas en andenes, sin llamadas para decir hasta luego. Sólo adiós. Nadie nos había hablado antes de este lugar. Y, sin saber por qué, el destino ha querido darme una oportunidad para dejar constancia de mis impresiones. Ahora, frente a frente, tú y yo, aunque en dimensiones totalmente opuestas, trato de ponerte al día. No hubo limbo ni transiciones. De pronto, me vi en este reino del sosiego, habitado por seres extraños totalmente benévolos, en el que todo parece imposible y, sin embargo, verosímil hasta límites insospechados. Hay algo curioso en todo esto. Siempre he recordado que llegaría aquí criando malvas. Pues no. Aquí, rodeada de amapolas, me embriago de su aroma, peculiar y adictivo, que me hace viajar de nuevo para sumergirme en un sueño, dentro de otro si cabe. Un sueño eterno, quizás. 


Microrrelato de "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi, como colaboración para "Croa magazine".

Noches salvajes, mañanas dulces.

La puerta se cierra de golpe con un ruido seco. No importa, es demasiado tarde para sentirme princesa de un cuento. El zapato quedó atrás y camino descalza. Totalmente. Ninguno de los dos estamos cuerdos. No lo suficiente como para llevar la lentitud en nuestros gestos. Nos besamos arrancándonos cada segundo a gritos, ahogándonos, pensando en que cada aliento evaporado se esfumará para siempre. Nos comemos nuestro mundo bruscamente, casi con violencia. No hay sutilezas. Ebrios del aire que se forma entre nosotros, fundiéndonos en uno para no perder ni una gota de ese ambiente apetitoso y viciado. La sangre arde, el cuerpo apremia. Parece que la vida se nos escapa, que queramos desfallecer hasta la muerte. 
Cuando la luz de los amaneceres desteñidos dibuja con ironía en la pared, cuando el olor del café me despierta, la almohada está fría. Tu lado de la cama respira ausencia. Quizás no tenga memoria, pienso, aún siendo testigo de nuestra propia combustión. Dicen que las tempestades necesitan calmas. Dicen que las noches salvajes necesitan mañanas dulces.




Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura. 

Gestos volátiles que lo cambian todo

Me estaba sacando la lengua. Aquella mocosa, aparentemente inocente, había echado por tierra la poca tranquilidad que llevaba conmigo. Giré la cabeza para ignorarla y comencé a ver a través de la ventanilla, sin prestar apenas atención al inhóspito paisaje que íbamos dejando atrás. Del ingente conglomerado que ocupaba el tren, me había tocado compartir espacio precisamente con aquella niña que no había parado de sacarme de quicio, cuyos padres hacían caso omiso de sus continuas pataletas en lugar de sacar el látigo de una vez por todas. A pesar de que yo había cerrado mis oídos, ella continuaba. Y no cesaba en su empeño de importunarme escupiendo preguntas. Los niños y las preguntas. Interrogantes, los amigos imprescindibles de la infancia. Creí que no aguantaría mucho más y a punto estuve de abrir la boca para silenciar la suya. Hasta qué ocurrió. Nadie lo había percibido aunque probablemente todos lo hubiesen visto. Un gesto volátil, casi imperceptible. Y sin embargo, contra todo pronóstico, yo lo sentí. Su mano, pequeña e inocente, agarró la mía sin pedir permiso. Y sentí. Quise regresar a la niñez de los días largos, sin el desasosiego, sin la necesidad imperiosa de ser alguien. Sólo feliz. No quería regresar de aquellos días en blanco y negro, de mi ensoñación repentina y, a pesar de todo, estaba más despierta que nunca. Todo gracias a ella, que me hizo dar un giro de ciento ochenta grados con su gesto arbitrario. 
A través del cristal, el tren circulaba a gran velocidad, dejando atrás áridos lugares a los que no presté atención. Porque no tuve la necesidad de girar la cabeza. Aquello estaba fuera y con cada centímetro recorrido ya era pasado. Sin embargo, dentro había mucho. Y no lo podía dejar escapar. 


Microrrelato de "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi, como colaboración para "Croa magazine".

Lo que sobra

La fina tela va rozando mi cuerpo con el movimiento lento de la desnudez cercana. Un cosquilleo de placer recorre mis brazos, mis muslos. Son dedos imaginarios que anuncian la liberación que llevo tiempo anhelando. Mis pies se hunden con vehemencia. Ojos y mente en blanco, dejo que los rayos, sin prisa por desvanecerse del todo, me abracen. La camisa se aproxima al suelo y yo continúo mi camino hacia la orilla. Es un recorrido corto que intento eternizar. Mientras, voy desprendiéndome de lo que todavía cubre mi piel. Un escalofrío surge de repente, subiendo por mi espalda. Al fin despierto. Mi piel abre los ojos tras un largo tiempo aletargada. Desnuda, me acerco al manto de agua. Y aunque el agua salada, su olor, su brisa, son un imán para mi cuerpo, camino con extrema lentitud. Porque me complace despojarme de lo superfluo, de lo innecesario. Desnuda mi alma, me siento libre.


Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura. 

El ojo del huracán

Creo que tengo un imán para atraer todo lo que otros desechan. O quizás aquello a lo que el resto del mundo se muestra inmune. Si existe alguna vacuna me he resistido a la aguja. Igual un leve pinchazo hubiese solucionado todo este caos. Y cuando bajo la guardia, como ahora, me convierto en el ojo del huracán. Y todo estalla a mi alrededor entonces. ¿Será que me ven vulnerable y toda esa fuerza se dirige a mi?... 
Estoy en el centro, oigo voces, gritos, y tengo frío. Mi cuerpo se hiela con cada voz que escucho. A medida que pasa el tiempo mis oídos lo resisten menos y comienzan unos escalofríos brutales. Intento cubrirme con los brazos y de pronto descubro algo que va cayendo de mi cuerpo. Parezco estar mudando de piel. No estoy preparada para esto, para esta furia que me rodea. No soy inmune. Y comienzo a derretirme.


Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura. 

Tiro al blanco

Me sorprende la facilidad que tienes de dar en el blanco. Desconozco si lo has planeado o, por el contrario, ha sido fruto del azar. De cualquier modo, has conseguido tu propósito. La flecha atraviesa el aire y lo corta. Arrastra consigo cualquier cosa que encuentra a su paso, sin pensar un segundo en el daño que va a provocar. La flecha avanza y su destino es clavarse en el punto exacto. En el centro. Minuciosidad que burla la perfecta matemática para herir de forma certera en el punto más débil. Herir... Tan simple para ti es gozar de la suerte de la puntería y tan complicado para mí sobrevivir al arma que se clava. Y ahora, cuando la herida sangra, te vas. Te has cansado del juego o, ya conseguido tu objetivo, te marchas en busca de otro punto en que acertar. Para mi consuelo sé que existo, que siento. Y siento dolor. Aquí permaneceré mientras tanto, intentando buscar el remedio con el que cicatrizar mi herida.


Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura. 

Cerebro a punto de descomponerse

El velocímetro aumenta vertiginosamente. Y las prisas se suman también a la indiferencia, a la incomprensión. Porque vivimos una era en la que la información nos desborda, en la que aún no hemos digerido el presente cuando nuevos acontecimientos nos azotan, que siempre superan a los anteriores. Vivimos en un mundo en el que nos han puesto una venda en los ojos. Invisible. Y somos incapaces de aceptarlo. Ya no hay impacto, ni tan siquiera sorpresa. Permanecemos en un continuo deseo de pasar página pero, ¿hacia dónde? Un incipiente individualismo nos acecha a pesar de nuestra continua intercomunicación. Las cuerdas imaginarias que nos sujetan a nuestros móviles, a una vida virtual, son cada vez más fuertes. Mientras lo que sucede a nuestro alrededor, en la auténtica realidad, pasa desapercibido. No existe. Y, a pesar de todo, no somos conscientes de ello. Mientras tanto, cada uno de nuestros movimientos está siendo vigilado ante nuestra propia ignorancia, ¿o quizás pasotismo? Sí, somos egoístas por naturaleza, como cualquier ser vivo. Sin embargo, tenemos la capacidad de comunicarnos, de adquirir una cualidad indispensable para ser cómo somos: el lenguaje. Aunque a veces, demasiadas, tenemos la sensación de no estar hablando el mismo idioma... Estamos creando burbujas individuales totalmente equipadas. Así, dentro de ellas, sin necesidad de interactuar con el medio "real" que nos rodea, podremos comunicarnos con cualquier punto del planeta gracias a la tecnología. Nos complicamos, y mucho. ¿Acaso no es más emocionante poder conversar mientras nos miramos a los ojos, sentir la calidez de un abrazo, la fragilidad de un beso? 
Ahora veo por décima vez la metrópolis que Fritz Lang había imaginado y, sorprendentemente, no hay que hacer muchos esfuerzos para ver las similitudes entre nuestra sociedad actual con la que la imaginación de los años veinte había creado. No importa el amor ni la amistad, porque solamente vivimos un reflejo de esos sentimientos. Y me pregunto, ¿estaremos viviendo una realidad paralela? Lo qué sí es cierto es que nuestro cerebro no puede con todo. Se siente saturado. Quizás somos máquinas que aguantan hasta un límite. Hasta qué el cerebro no pueda más y termine por descomponerse.


Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura. 

Imaginación

Amaia no recordaba cuándo fue la primera vez que abrió aquella puerta. La misma que le llevó a descubrir su insólito tesoro. Quizás fue valiente al adentrarse en aquellos senderos de lo desconocido que a otros probablemente le provocasen recelo. Y cuando por fin llegaba a su destino, pisaba sobre un suelo distinto, en un espacio fantástico imperado por las leyes de lo ilusorio. Las sensaciones se multiplicaban en aquel mundo del "todo es posible". Sus retinas percibían colores nunca vistos y a sus oídos llegaban sonidos imposibles. Aunque lo más fascinante para Amaia era saber que la próxima vez que traspasase la puerta mágica hacia aquellos mundos, el nuevo destino sería completamente diferente. Eso era precisamente lo que le incitaba a coger de nuevo el rumbo, el que le llevaría a la sorpresa, su premio. Siempre viajaba sola y, a la vuelta, cerraba la puerta con llave, protegiendo que su secreto no fuese descubierto. Hasta qué un día tomó una decisión. Temía que sus viajes cayeran en el saco del olvido, así que cogió lápiz y papel y comenzó a escribir, perpetuando de aquella forma sus recuerdos a través de las letras. Un cuaderno de bitácora contra el paso del tiempo, los meses, los años... En la habitación de Amaia se acumulaban altas columnas de papeles escritos. Millones de palabras, testigos de sus viajes al mundo de lo utópico y lo fabuloso. Y en una de las paredes, una única palabra presidía el espacio con enormes letras de colores, y que había surgido de su deseo por saciar su perseverante curiosidad: "imaginación".


Microrrelato de "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi, como colaboración para "Croa magazine".

Combinación sublime

No existen mitades ni partes incompletas. Ninguna fuerza extraordinaria ha partido en dos la fruta no prohibida, dejando dos mitades vagando hasta un posible encuentro. Ni los polos opuestos se atraen, ni somos regidos por dogmas que sentencian nuestros destinos. Es bueno saberlo. Sobre todo porque el significado del "yo" se completa. Sigue gozando de su independencia. Ya no es necesario temer a la soledad, que tan injustamente se ha labrado una fama pésima. Eso sí, otra cosa es la fuerza que otros mecanismos ejercen de un modo inexplicable. Son los mismos que hacen que los imanes se atraigan o repelan, que el agua empape la tierra y, en cambio, sea tan escurridiza en un trozo de plástico. Sustancias compatibles e incompatibles. Curiosamente, lo que nos han hecho creer de las dos mitades, en medio de tópicos deshilachados y palabras llenas de moho, adquiere de pronto nuevos matices. Cuando comprendes que tus propias leyes universales adquieren un sentido distinto e inimaginable. No nos equivoquemos, todo tenía sentido antes. Sin embargo, algo nuevo aparece en escena, algo tan lejano en el tiempo que es considerado un mito: la magia. No la de las chisteras y varitas mágicas, ni la de hombres invisibles o inmunes al filo de un cuchillo. No, esta magia se entremezcla con las leyes de la física y la química. Significa fuego y llama. Significa que han crecido mariposas en un lugar hasta entonces deshabitado. Ese sentimiento universal, tan cotizado en estos tiempos de vacío, llega cuando dos cuerpos se complementan de un modo casi perfecto. Porque uno puede estar sin el otro, aunque nos empeñamos en negarlo, pero de la mezcla entre ambos resulta una combinación sublime. De ahí lo inexplicable, porque no somos mitades y, sin embargo, como sustancias disueltas en otro, somos incapaces de separarnos.


Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura. 

Perder la cabeza

Cuando de modo repentino, la velocidad de mis latidos se vuelve vertiginosa, sin permitir espacios en blanco, sé que ha llegado lo peor. Un zumbido retumba en mis oídos desoyendo cualquier sonido ajeno. Mi cuerpo se agarrota y los músculos ya no recuerdan cómo hacer su trabajo. Sólo entonces, la conciencia en sí misma se convierte en artículo de lujo, al que mis manos no pueden alcanzar. Mi mente comienza un frenético ritmo y los pensamientos se suceden con rapidez. Alguien se ha colado entre ellos sin ser invitado, burlando mi blindada seguridad. Y la imagen de esa persona non grata me azota. Muy lejos de irse, se agarra a mis adentros. Duele. ¿Hay algo que pueda hacer más daño que un corazón despedazado? Curar este virus pegajoso se ha vuelto tarea inútil. No tengo otra elección que rendirme, estallando en gritos enmudecidos hasta perder la cabeza. 


Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Esperanza

A máquina de café chirria constantemente. Os movementos acrobáticos sucédense nun intento de compracer a tódolos clientes que ocupan o ateigado local. Obsérvoa. “Por fin”, pensei. Demasiado escuro móstrase o horizonte como para exhibir algunha pinga de optimismo. A vida é dura, sí, e con todo, ás veces sae o sol. Irradia entusiasmo e esperanza. Colleu aire, forza. Dende  o outro lado da barra, véxoa feliz, satisfeita de sentirse útil. Xa era hora. Un salario non é únicamente diñeiro, senón a liberdade de tomar decisións. O poder de escapar de quen lle fixo dano e, cos petos menos baleiros, todo é moito máis doado. Sorrime. Non pode dedicarme nin un minuto do seu tempo e, en cambio, síntome orgullosa de admirar a súa sorte, así, na distancia e en silencio. Porque só leva dous días e a cousa promete. As súas expectativas aumentan. E o seu sorriso xa non é finxido. E os seus ollos brillan. Teñen vida, xa non están cheos de nada.


Finalista en el I Certamen de microrrelatos Concello de Arbo

martes, 10 de septiembre de 2013

El placer de las pequeñas cosas

Creí que no llegaría a tiempo. Tras la muchedumbre que parecía congestionar las calles y la perpetua banda sonora de bocinas, la ciudad parecía impregnarse de una coraza que cubría su auténtica identidad, perdiéndome todo lo que merecía la pena. Sin embargo, yo hacía caso omiso a todo lo que la ciudad escupía a gritos. Llegué a mi destino y por fin se acabaron las prisas. Tenía una cita ineludible con el primero de mis placeres cotidianos. Me senté en el rincón que llevaba un letrero invisible con mi nombre, una esquina solitaria en la parte más lejana de la entrada. Y llegó el momento en el que sostuve el café entre mis manos, caliente, sin azúcar, dejándome con el aliento en suspenso. Cerré los ojos y dejé que los rayos más madrugadores del día me acariciaran. Saboreando aquel instante insignificante recordé todo aquello que rompe la gris monotonía y la convierte en rutina de colores inimaginables. Comencé a pensar y pensar me llevó al deseo. A desear hundir los pies en la arena, sintiendo toda su textura mientras el olor a sal, a mar, lo ocupa todo; respirar el aire puro entre los eucaliptos, mientras la madera, viva, cruje y los pájaros conversan; el olor a hierba mojada tras la tormenta, un abrazo, un susurro sin palabras, sus silencios, la sonrisa de un niño que ni siquiera conoces o quizás cualquier otra que te ofrecen de forma gratuita, sin esperarlo, y terminan sorprendiéndote. Significa que hay mucho cerca, y nosotros nos empeñamos constantemente en alejarlo, aparentando que no lo hemos visto. Qué valor tienen esos pequeños detalles, reyes de lo desapercibido, que pasan de puntillas hasta hacerse un hueco en las almas más sensibles. A veces deberían recetarse menos fármacos y más horas vacías, para que lo único que exista sea nada. Y detenernos a observar pausadamente lo que nos rodea, sin prisas. Y salir por fin de este mundo que nos ofrece una felicidad encubierta. Y sentir, intensamente y sin remilgos, sin máscaras ni teatro. Sólo así, la vida cobra sentido. 


Microrrelato para "Los pájaros de mi cabeza", espacio que comparto con la ilustradora Lil Abi en el que se entremezclan arte y literatura.