Me siento como si traspasara la línea. Primero sentí el calor de la cercanía y ahora la distancia que nos separa va en aumento. Es inequívoco el sabor de hielo en tus labios. Y siento que menguo hasta ser insignificante. Me siento nada en este mundo de gigantes.
Aquí estoy. Sentada ante la pantalla y tecleando algo que borraré muy pronto mientras las ventanas, abiertas de par en par, dejan entrar el aire impaciente. Una corriente que es casi viento. Los papeles que tengo a mi alrededor quieren alzar un vuelo imaginario para escapar de su estático quehacer. Son velas bailando al ritmo del viento. Y yo creo estar en un navío y también bailo de popa a proa y me empapo del cielo azul que acaricia mis pestañas. Soy mi dueña. Viajo sin saber hacia dónde me dirijo. Ni si escapo o regreso a algún lugar del que me fui. No hay timón que dirija el rumbo. Nada de lo que depender y nada a lo que aferrarme. Toda esta incertidumbre es vida. Lo contrario, la muerte, no deja de ser una forma de quietud.
La luz metálica bosqueja suavemente la línea de flotación. El mar juega al escapismo en el casco del navío y yo juego a las adivinanzas. Soy mi dueña y me dejo llevar. He perdido el norte y no necesito encontrarlo.
Siempre me ha fascinado Hopper, el "pintor de la desolación". Su obra está cargada de interrogantes que provocan una atmósfera de la que no queremos desprendernos. Personajes áridos y solitarios con las miradas perdidas en el infinito, que nos succionan, que nos incitan a conjeturar las posibles historias que encierran. Una adicción que nos convierte en voyeristas entusiasmados.
Podría haberme detenido en Aves nocturnas, Habitación de hotel o Sol matutino. Sin embargo, es Mañana en una ciudad la obra que ha captado mi atención. Ya el propio título le confiere un carácter indeterminado: una ciudad. Una ciudad cualquiera, desconocida y nueva. Puede que la protagonista encuentre en ella un refugio. Puede que sea un tránsito hacia ninguna parte, un calmado anonimato tras la huida, un paréntesis necesario en el que sentirse una extraña fatigada preparándose para coger aire. Una ciudad que no le hará preguntas. Aunque nunca lo sabremos.
Tal vez la protagonista se ha quedado huérfana, amnésica, sin saliva y sin palabras. Sola en una ciudad indeterminada. No escogida por voluntad propia, sino exigida por ella misma sin saberlo, impulsada por una fuerza inexplicable que la ha llevado a un lugar inhóspito. La luz arroja tonos tierra dentro de una habitación gélida mientras alguien se ha quedado latente, mudo, ante la ventana. ¿Qué cargará a sus espaldas la mujer que ahora mira al vacío?
Mark Strand definió muy bien el universo del pintor: "En los cuadros de Hopper asistimos a las escenas más familiares con la sensación de que para nosotros son esencialmente remotas, incluso desconocidas. La gente mira al vacío: parecen estar en cualquier parte menos en donde efectivamente se encuentran, perdidos en un misterio que los cuadros no pueden revelarnos y que solo podemos intentar adivinar. Es como si fuésemos testigos de un acontecimiento que somos incapaces de nombrar. Sentimos la presencia de lo que permanece oculto, de lo que sin duda existe, pero sin llegar a mostrarse. Hopper ejerce su poder sobre nosotros con extraordinario tacto: dándole forma a la privacidad, otorgándole un espacio donde pueda ser atestiguada sin ser violada. Cuando identificamos la reticencia de sus cuadros con la que nos es propia, nuestra simpatía crece. Las habitaciones de Hopper son tristes refugios del deseo. Querríamos saber más de lo que sucede allí, pero por supuesto resulta imposible. El silencio que acompaña nuestra observación parece crecer. Es inquietante: desearíamos irnos. Y hay algo que nos urge a hacerlo, aunque también hay algo que nos mueve a permanecer. Todo esto lastra como la soledad. Nuestra distancia frente a todo crece". (Hopper, Mark Strand, Lumen, 2008).
Hopper sabía lo que hacía cuando pintaba. Porque aquí, al
otro lado de esa vida imaginaria -o imaginada, según se mire-, la observo esperando qué vendrá a continuación. Porque eso es lo que hacemos los
curiosos.
Espumas azuladas a metros de distancia.
Mis dedos
no alcanzan a pellizcar sus mejillas.
Fluidas corrientes de aire
que se aproximan,
resoplando
la experiencia de los días aciagos.
Nunca pude ver una luna
en sus ojos.
Sólo serpenteantes haces de luz
que se ensanchan.
Para volver a la quietud de los sueños.
Donde quiero volar:
ese mundo
que la hienas aún no han devorado.
Recuerdo
cuando solía visitar con frecuencia la librería de mi barrio. Normalmente
llevaba en la cabeza el título del libro que iba a adquirir. Otras veces no tenía
ninguna idea concreta. Simplemente curioseaba entre los ejemplares y charlaba
con el propietario sobre lo que habíamos leído, las novedades recién salidas
del horno, para acabar confiando en su criterio. Nunca fallaba. Un librero con
el que hablar de libros, un ávido lector. Un librero con el que compartir el
mundo de los libros. Un librero que no ponía cara de "me estás hablando en
chino" al escuchar ciertos títulos. Cómo han cambiado las cosas desde
entonces. O, tal vez, cómo he cambiado yo.
La
oferta editorial es desbordante. Las novedades se agolpan unas tras otras sin
poder apenas ser digeridas como tal. Y lo peor es perderse tantas y tantas
obras. ¿Cuál elegir? Después me asalta la frustración de no haber leído lo
suficiente. Hay tanta literatura que merece la pena y se queda en un estante
cogiendo polvo. Se va muriendo. Que el objetivo de una obra es ser leída es una
obviedad. Si esto no ocurre su dignidad se va disipando y enferma sin remedio.
Si nadie abre sus páginas y se empapa de ellas y se embarca en el viaje
propuesto por el autor, ésta se verá abocada a una muerte lenta. O a un asesinato. Porque en la
literatura pasa como en la vida: siempre gana el más fuerte. Caer en el olvido
es el destino más temido para un libro y, en consecuencia, para su autor.
Para
mitigar la sensación de no perderme justo esa novela que parece escrita para mí e
intentar abarcar una ínfima parte de las lecturas que me interesan (mi lista no
hace más que crecer y crecer) y, del mismo modo que un amigo nos recomienda una
buena novela, las redes sociales funcionan exactamente igual: un lugar en el
que nuestros "amigos" virtuales comparten sus inquietudes, sus
gustos. Avatares literarios y devoradores de libros que en sólo 140 caracteres
me invitan a sumergirme en miles y miles de páginas. Hasta el día en que esa
persona a quien sigo acaba de tuitear la portada del último libro de Ian McEwan
contando maravillas sobre él. Tomo conciencia entonces de que lo voy a leer sí o
sí porque confío en su criterio. Del mismo modo que lo hacía con el librero del
barrio-de-toda-la-vida. De estas recomendaciones o búsquedas en la red han
surgido mis recientes lecturas. Algunos son autores a los que sigo fielmente y
admiro, y otros han sido todo un descubrimiento.
Ian
McEwan es
uno de los novelistas ingleses contemporáneos más importantes. Lo conocí (literariamente
y no literalmente hablando) leyendo "Operación dulce", su última
y magnífica novela, en la que se entremezclan espionaje, literatura y amor.
Como quedé con ganas de más McEwan seguí con "Expiación",
donde el autor muestra una prosa soberbia. En ella la protagonista, una niña de
trece años, vive absorta en su mundo imaginario y comete el error de mezclar éste
con la propia realidad. Esta equivocación la acompañará a lo largo de su vida
en forma de culpa y su empeño por enmendarla. "Expiación" es una obra
sublime, una novela dentro de otra novela con un final sorprendente.
El
espionaje vuelve a aparecer en “Los maletines”, de Juan Carlos Méndez
Guédez, escritor venezolano que reside en España. La novela está ambientada
en Caracas, una ciudad violenta y peligrosa. El autor hace crítica social y nos
muestra una historia llena de intriga, humor, violencia, derrotismo y
supervivencia. En una entrevista a Culturamas, el autor decía que “le
debía este libro a Caracas, decirle que la amo aunque me de mucho miedo”. “Los
maletines” es una novela negra en toda regla. Aún más que eso: Méndez Guédez
consigue de un modo espléndido crear una
atmósfera que muestra la sutil belleza que se esconde en medio de un
mundo terriblemente oscuro. Como una pequeña flor que aparece por arte de magia
en un terreno embarrado. Precisamente el autor “deseaba reflejar esa ciudad
terrible y hermosa, donde se alternan el ruido de los sapitos en los jardines
con las ráfagas de una ametralladora”. “Los maletines” ha sido una de las
novelas con las que más he disfrutado durante los últimos meses, con numerosas páginas
subrayadas con fragmentos que atesoro como una auténtica joya:
La idea, como todas las ideas peregrinas que regala la
madrugada, pareció confortarlo. Cerró los
ojos. Pensó que las paredes de la casa susurraban una melodía parpadeante, como
un susurro de viento entre los árboles. Meditó sobre la felicidad de las
tortugas, de los caracoles. Llevar la casa a cuestas. Ser concha envolvente,
cuerpo sobre cuerpo. Se fue hundiendo en el sueño. La noche giró dentro de sus
ojos, se hizo vaporosa, sutil, lento murmullo de respiraciones pausadas y
zumbidos de neveras.
Continúo con intriga literaria con dos novelas que poco tiempo duraron en mis
manos. Ambas en gallego: "Tes ata as dez", de Francisco
Castro, y "A memoria da choiva", de Pedro Feijoo. Francisco
Castro es un escritor prolífico y siempre muy presente en las redes sociales.
Coincidí con él, además, en el IV Festival Polipoético Kerouac, donde
pude disfrutar de sus versos "de contrabando", como él mismo los
denomina. Sus novelas tienen la virtud de tratar sobre temáticas muy diversas
pero manteniendo siempre su propio estilo, su sello, en cada una de ellas.
"Tes ata as dez" es una novela de ritmo trepidante y tan adictiva que
atrapa desde la primera página, deseando descubrir la resolución a todos los
enigmas que se suceden. El protagonista recibe un e-mail de su padre,
recientemente fallecido. Le escribe desde la mismísima muerte aunque el lector
-y el protagonista- saben perfectamente que esto es imposible. Lo que provoca una
irrupción de sentimientos encontrados. Una historia de misterio y también una
historia de amor. Incluso del amor paternal desde el más allá, pues la muerte no apaga las historias que desbordan
autenticidad. Francisco Castro nos regala un fascinante viaje literario lleno
de intriga y también de "náufragos que constrúen illas de palabras":
Coas palabras doulle corda ao reloxo do planeta. Coas
palabras sento nas nubes, mergúllome no teu escote e navégasme entre as coxas.
Palabras. Estou feito de palabras. Morarei e morrerei dentro delas, ben tapado,
espero, por unha ortogramática corpórea de pel amada.
"A
memoria da choiva" es la primera novela que leo de Pedro Feijoo y desde
luego no será la última. En ella, un periodista se ve inmerso en la investigación
de un brutal asesinato. Una novela en la que el autor nos regala un intrigante
entramado policial en el que los versos de Rosalía de Castro tienen un papel de
suma importancia. Una novela en la que el autor hace gala de su ingenio
narrativo y absorbe al lector hasta la última página. Decir que se trata de una novela policiaca
sería quedarme corta. Asesinato, investigación, traición, poesía y humor hacen
de "A memoria da choiva" una novela completa, de las que poseen todos
los ingredientes que la convierten en una obra magnífica. Terminé de leer esta novela cuando atravesaba un momento complicado y tuve un gran apoyo porque el amor lo puede todo. Pero siempre son difíciles los momentos de soledad y esta novela fue todo un refugio al que evadirme.
Volviendo
a la literatura en castellano, Elvira Navarro indaga en la patología
mental asociada a la precariedad laboral en "La trabajadora".
La autora enmarca la novela en el contexto social de la crisis en la que
estamos inmersos, solo que no habla de ella directamente, sino que muestra sus
consecuencias a través de los personajes. Una novela que habla de la locura y
de cómo ésta influye en la propia identidad. Ya en la primera página la
protagonista comienza a relatar su historia y lo que dice y su forma tan
directa de hacerlo no deja indiferente al lector. Una lectura muy distinta a
lo que he leído últimamente que lleva a la reflexión sobre las patologías
mentales. Sobre todo, teniendo en cuenta el momento que vivimos.
Cambiando
totalmente de temática, no puedo dejar de mencionar la novela de Timur
Vermes, "Ha vuelto". En ella, que tanta polémica ha
provocado en Alemania, el autor narra la posibilidad de un Hitler que resucita
en pleno siglo XXI. Y lo hace con gran sentido del humor satirizando a uno de
los personajes más atroces de nuestra Historia. Nadie toma en serio a Hitler.
Todo el mundo da por hecho que es un imitador más. E imitarse a sí mismo le
llevará a ser el mejor, incluso a la fama. "Ha vuelto" es una novela
divertida. Si bien es cierto que a lo largo de la obra aparecen numerosos
personajes relacionados directamente con Hitler que pueden confundir al lector,
el autor nos aclara quiénes son en sus notas finales. Merece la pena dedicarle
tiempo a esta novela: reir es un ejercicio muy sano.
En
medio de esta vorágine de lecturas llegó a mis manos "El nadador del
mar secreto", de William Kotzwinkle, una bella edición
perteneciente a la colección "Los ineludibles" de Navona Editorial.
Si bien nos encontramos ante una breve lectura -noventa páginas-, en ella se
concentra una historia conmovedora, hermosa y triste al mismo tiempo, en la que
la vida y la muerte se separan por una línea finísima. Si además tenemos en
cuenta que la historia que narra el autor refleja su propia experiencia, el
poso que deja en el lector adquiere mayor intensidad. Una obra que te remueve
por dentro. "El nadador del mar secreto" es una joya literaria, de las que recomiendas a todo el mundo. Esta
obra fue publicada por primera vez en 1975 y poco después cayó en el olvido.
Varias editoriales intentaron rescatarla posteriormente pero apenas tuvo
repercusión. Curiosamente leí hace unos días en El Cultural que esta
obra resurgió con fuerza tras la publicación de "Operación dulce".
Ian McEwan la menciona cuando la protagonista dice: "durante aquella época,
sólo logramos estar de acuerdo sobre una novela corta, de la que él tenía un
borrador encuadernado: Swimmer in the Secret Sea, de William Kotzwinkle.
Tom lo consideraba un libro de bella factura, a mí me parecía juicioso y
triste". Cuando leí "Operación dulce" no presté demasiada atención
a esta referencia y ahora me sorprende gratamente que estas dos obras leídas en
tan breve espacio de tiempo tengan esta conexión.
No
podía faltar en esta lista de lecturas la poesía. Como dice Batania
Neorrabioso,"La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa".
Así se titula su antología de caballos. Participó en el IV Festival
Polipoético Kerouac y fue un absoluto descubrimiento. Incluso los más escépticos
en materia poética se llevaron una sorpresa con su recital. Porquellama a las cosas por su nombre, da
forma a la indignación, la vomita. En Madrid los grafitis de Neorrabioso gritan a los cuatro
vientos rebelándose contra el sistema. Sus poemas impactan pero también
contienen grandes dosis de ironía. Dice, además, que cualquiera puede utilizar
sus poemas y copiarlos o modificarlos sin su autorización ya que no cree en la propiedad
intelectual. Tampoco pretende ganar dinero con la poesía: "Para algo que hay en
mi vida bonito, no quiero mancharlo con dinero". Aquí dos poemas
neorrabiosos:
Las fresas
Siempre le pedía fresas a mi madre
y mi madre me gritaba
las fresas en mayo las fresas
en mayo.
Y cuando mayo llegaba
yo era un bosque de fresas
y en las piernas fresas
y en las muñecas
y en el puente de la risa.
Pero desde que la ingeniería genética
ha demostrado
que las fresas antiguas se equivocaban,
tengo fresas desde enero a diciembre,
el lunes y el martes,
el miércoles
y el remiércoles
y también el 107 de abril.
Y ahora todo me es
un cansancio de fresas
y un tres por dos
y un bah
y un dejadme en paz.
Vivienda / Viviendo
Señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
díganme cómo,
dónde comer sin comiendos,
dónde soñar sin soñandos,
de qué manera,
cómo reír sin riendos,
cómo cantar sin cantandos,
cómo el amor, cómo el beso,
cómo el feliz fornicio,
señores del gobierno infinitivo,
participiamente diputados,
escuchen, atiendan al gerundiando:
Si no hay vivienda no hay comiendo.
Si no hay vivienda no hay amando.
Si no hay vivienda no hay riendo.
Si no hay vivienda no hay soñando.
Si no hay vivienda no hay viviendo.
No
quiero despedirme sin referirme a la poesía de Chantal Maillard. Una
poesía apasionante a la vez que compleja. Después de haber leído "Hilos"
y "Matar a Platón", lo cierto es que aún sigo devanándome los
sesos con algunos de sus poemas, de gran profundidad. O tal vez lo que debería
hacer es dejarme llevar por su magnetismo sin más. Quizás ni siquiera deberíamos
llamarlo poesía ni deberíamos decir que Chantal Maillard es poeta. Ella misma
dice: "No creo en la poesía como literatura, ni creo en la literatura.
Creo que hay formas de expresión que nos permiten conectar con el interior más
profundo de nuestro ser, comunicar aquello que no se comunica fácilmente, la
interioridad y las emociones, y que para eso ayuda la musicalidad de la poesía”.
La poesía no solo se lee sino que se siente. Hay que empaparse de la literatura
y que nos cale hasta los huesos.
Si
releo las líneas que he escrito aquí queda patente mi atracción por la novela
negra. Si estas además son acompañadas de paseos por mundos literarios resulta
una combinación perfecta. Me doy cuenta ahora de que empecé a interesarme por
este género gracias al librero de mi barrio. Él me recomendó, por
ejemplo, a Henning Mankell. El acto de leer es un acto de descubrir, una
apertura a un mundo nuevo sólo posible gracias a que el escritor lo recrea, lo
inventa, lo imagina. Es quien tiene el poder de decidir el transcurso de la
trama y de someterte a su obra. Pero también tiene el poder quien te ofrece el
pasaporte hacia esos viajes a través de mundos ficticios. Es cierto
que los tiempos cambian y con ellos nuestros hábitos. La tecnología
es una herramienta tremendamente útil y, sin embargo, echo de menos aquellas
conversaciones con el librero de mi barrio.
La boca del metro aspira mi espectro.
Y apenas soy lámina
milimétrica
en este océano de fuego.
Atmósfera enrarecida.
Amalgamas descoloridas y espesas.
Sombras tristes que se alternan
en este laberinto de intestinos de cemento.
Es vacua mi imagen a ojos extraños.
Soy un punto rojo en un damero sucio.
Las paredes desteñidas sostienen
el veneno pestilente.
Escupen y sonríen.
Así es el juego en este nido de víboras.
Continúo la partida.
Es mi turno.
Aunque un gas letal oprima mi garganta:
aquí,
la valentía no tiene la capacidad
de humanizarse.
Sólo respirar y evitar ahogarse.
Respirar.
Respirar.
Respirar.
Y sudar el veneno hasta la fiebre.
Huir o confiarnos a un regreso improbable.
Huir o permanecer de brazos cruzados.
Huir o no ser Vida
en esta encrucijada de vidas subterráneas.
Es el turno de
quitarnos la mordaza y apretar el paso.
De doblegar el redoble de tambores estridente
bajo mis zapatos de piedra pómez.
De avanzar hasta la fiebre.
A cuestas,
un refugio de maletas vacías.
Es liviana la huida con el corazón libre.
Unos ojos azules se borran bajo el agua. Se cierran, muy despacio. Al tiempo se tapia la existencia. Recuerdos todavía húmedos de puro hirientes ondean en un horizonte estropeado. Y no hay lágrimas suficientes. Que la vida es un ciclo nunca se asume. Se apaga y punto. Resignados quedamos al pensar que no sucedió con disimulo. Sus gestos reviven por todas partes. Sus silencios se esconden bajo capas de frío y calma. Hay una piel suave y transparente. La siento. Su olor se va olvidando a sí mismo. Ya no habita. Ha dejado huérfana una habitación que hoy respira sin oxígeno. Mi cuerpo se eriza rebuscando en la memoria. ¡Que se lleven los sinsentidos absurdos! ¡Que se lleven un alma que rebosa de pensamientos inútiles! Pero déjenla a ella. Aunque su recuerdo nade en medio de un mar mudo y desierto. Ella es eterna. Tiene que serlo. Cuántas veces mi mano se alarga. Cuántas veces el impulso de querer impedir lo que está escrito. Ingenua, intento sin ánimo, esconder su nombre bajo una alfombra de arena que se mece bajo el viento.
En los sueños las pupilas están dilatadas y no duelen los ojos.
Los ríos son blancos
y el agua puede contenerse
tras barrotes en jaulas.
No existen cuerdas con cabos: son infinitas.
Sólo cuando aparece la rabia. Ahí sí que la soga aprieta.
Los ojos son esclavos
de una historia imaginaria.
La saliva está impregnada de memoria. Tiene un sabor a viejo regusto a moho, a otoño que no seca.
Alucinaciones nocturnas que inducen sogas imposibles de aflojarse.
No hay ilusionista capaz
de vencer la furia.
No puede guardarse en jaulas, ni siquiera en urnas
y dejar
que se escape por las ranuras.
Hasta que el recipiente revienta por no soportar la presión
del flujo blanco que lo llena. Todo se rompe. La jaula, la urna.
Un crujido se escucha.
Los barrotes se quiebran.
Fragmentos afilados se amontonan en el suelo y se mojan.
Surgen ríos y más ríos blancos. Infinitos caudales colmados de cólera. Hasta despertar del mal sueño
y los ojos esclavos
alcancen
una nueva quimera.
Antes de que la consciencia
quede en suspenso,
los pensamientos se disfracen,
los músculos se aflojen;
lo cotidiano remite
y lo excéntrico sucede.
El turno de noche decide.
Su voz se vuelve indispensable.
Todo es posible,
salvo banalidades.
Los conceptos se suceden.
Abruptos,
rebosantes de mensaje.
Y en el devenir de la noche
surge
el milagro de lo extraordinario.
Desesperante insomnio,
pegamento en los párpados,
hormigueo que recorre las venas.
No las mías:
son conductos prestados por alguien impertinente.
Arterias de mi alma alquiladas
por horas nocturnas.
Ideas que fluyen tan rápido,
tan rápido,
que se escapan.
Tinta que se desliza
con premura y con miedo
a olvidar las palabras.
Bebí de la botella equivocada un sinfín de besos contenidos. Besé la piel de la serpiente, la atracción de un enigma envenenado. Exploré tu piel con guantes de lana y engullimos a bocados el aire viciado. Hasta atragantarnos de pasiones limitadas. De fondo, los anocheceres censurados se inquietan en busca de respuestas sinceras. De tus mil bocas, un sabor agrio me cautiva. Un envase prestado a caballo entre dos mundos igual de ciegos. Los hechizos funcionan solo a medias. Y despertar tras el coma solo deja inútiles evidencias. Bochornos que no se explican, palabras que no se tienen en cuenta. Mis articulaciones ya no encajan. No hay movimientos visibles. Solo el pulso leve. Una lasitud se establece con una etiqueta que dice: la inocencia es antigua aunque pasen los años.
Hay medio cuerpo reflejado en el espejo.
Parte sobrante de un desecho ausente.
Imitación que resiste, no desvanece.
Y, sin embargo,
la única parte que veo es medio labio
y mitad de aliento.
Media mirada fija e inquisitiva.
Puede que reticente.
¿Una mirada a medias es suficiente?
¿Quién es el dueño de ese ojo,
de ese medio cuerpo,
dispuesto a censurarme?
Un bucle que no cesa.
De la agitación al desánimo.
Todos los extremos descansan
tras el vidrio
y piensan
y sienten
por sí mismos.
Un desequilibrio apetecible me visita.
Me arropa, me inquieta,
me excita, me oprime.
El reflejo se vuelve bruma
y yo soy penumbra
al otro lado.
Y recuerdo.
Y no, no hay respuestas.
¿Sucedió realmente?
Mi yo volátil:
mitad imperturbable
mitad como humo.
Divididas mediante una línea recta
perfecta,
perfectísima.
Pienso entonces que mi propio reflejo,
mi medio reflejo,
parece
una versión más completa,
una verdad más absoluta
que esta mentira soluble
que descansa sobre mis pies.
Tras temporales sin nombre e inefables experiencias, aquí estás: sin búsquedas de griales ni señales mal dispuestas. Tras capear multitudes insistentes, te escogí en medio de un mundo hipnotizado, adormecido y drogado por los dictados impuestos. Mi decisión es permanecer. Sin fisuras. Una unión indestructible de imposibles consecuencias. Nada importa. Sólo tu contacto. Sólo sentirte. Sólo sentirte en medio de la nada. Porque nada nos envuelve y, aun queriendo, no significa. Desaparece como la bocanada incipiente. He cruzado temporales sin nombre, minutos hundidos en abismos, lugares convertidos en fútiles memorias. Minucias. El sentir prevalece frente a la nada. De los mapas siempre se borra lo insignificante.
Quizás hiberna en un sobre de esquinas sepias, al fondo de un herrumbroso buzón. La mano determinante se entretiene con la llama entrecortada de un encendedor. No: aparece de improviso, como un puñal que se clava hasta los cimientos. Las puertas, cerradas. Las ventanas, orientadas al borde del precipicio. Quizás deambula en el limbo mientras no se divierte en el infierno. Sí: rotundidad infalible, sin vuelta de hoja. No hay retorno. No se le permiten titubeos aunque existan los vaivenes del quizás. Puede que tras la puerta. Puede que al otro lado del hilo. No: imperturbable en su sentencia. Resuelto e insolente. Se presenta sin permiso, protegido por una existencia nunca demostrada. Malas noticias que se resignan a sí mismas. Quizás: navegante despistado que no encuentra su destino. A la deriva y sin rumbo fijo. Entre dos orillas: No, sí, no, sí. Las dudas se agitan en las profundidades, más allá de la boca del estómago. Fluyen como una comida mal digerida.
Eres humo sin indicios de incendio,
algodón en un cielo sin nubes,
murmullo en medio del silencio,
sueño de una noche en vela.
Eres ilusión y no existes.
Eres la brisa de mar en un pueblecito de interior.
Eres sonrisa en la espalda húmeda.
Cuna de lo irreal y deseado,
flotas en un aire infinito.
Burlas de lejos
la propia naturaleza.
Eres paciencia dentro de incertidumbre,
anhelo latente en destinos invisibles,
visitas pospuestas que tienden a disiparse,
ilusiones que se pierden
allá donde la vista no alcanza.
A pesar de la premura de nuestros gestos,
del sigilo de nuestros actos,
nuestras bocas se inclinan hacia abajo,
nuestros ojos se tornan opacos.
Aunque niegas la extinción.
Rehúsas perderte en el ocaso.
Eres ilusión y no existes.
No todavía.
Últimamente no dejo de preguntarme cómo pasaremos página. La ciudadanía cabalga entre la revolución y la resignación sin decidirse por un destino fijo. Desconocemos cómo atajar el problema y estamos a punto de tirar la toalla. Entonces recuerdo el gran "Ensayo sobre la lucidez", de Saramago, y pienso si no deberiamos tomar ejemplo: utilizar el voto en blanco de forma masiva para situar al gobierno en una encrucijada. Al fin y al cabo, de poco serviría lanzar la pelota a otro campo y eternizar el bipartidismo una vez más. La democracia roza la extinción y el gobierno no sólo ha perdido su credibilidad, sino que cierra con una cremallera las bocas de aquellos que no opinan del mismo modo. Somos víctimas de la manipulación y necesitamos un cambio con mayúsculas.
Nos imponen la asignatura de religión e intentan convertir la filosofía en una "maría". Es obvio, cuanto menos ejercitemos nuestro espíritu crítico y reflexivo, mejor. ¿Esperamos a que nos corten las alas para no volver a volar? En menos de dos años tendremos la oportunidad de poner en práctica la poca libertad que nos queda y quizás la idea de Saramago no sea del todo descabellada.
escrito por Ruth Oliveira e ilustrado por Alba Castillo.
Nos tempos que corren é doado que desexemos escapar da realidade, e que o medo nos obrigue a agocharnos baixo unha coraza, o que pode impedirnos disfrutar do lado positivo do mundo que nos rodea. Que o hai, inda que custe atopalo. Pois como dicían as nosas avóas, mesmo nos días de choiva xorde o arco da vella.
A baixa estima dun mesmo pode mergullarnos nunha burbulla invisible e iso é precisamente o que lle acontece á nosa protagonista, a Catarina. Mais hai sentimentos capaces de derrubar barreiras que semellan irrompibles nun principio, coma o amor incondicional, que posibilita unha vida chea de cores, deixando atrás a tristura. Porque o gris non aparece no arco da vella.
O noso conto fala desta transición, mostrando unha mensaxe positiva na que o amor é o fío conductor, capaz de tecer corazóns de la infinita. A través del, queremos chegar ós nenos que se poidan sentir identificados, e que igual que a historia de Catarina, vexan que todo o que se propoñan é posible, con esforzo. Compre salientar que "O corazón tecido de Catarina" ofrece unha doble lectura, interpretada de xeitos distintos entre pais e nenos, e que invita á interacción entre ambos.
Agradecer infinitamente á Editorial Elvira, por confiar en nós, polo seu apoio en todo momento; a Francesca, polos seus valiosos consellos e, sobre todo, a Alba Castillo, por compartir comigo a ilusión, polas súas maravillosas ilustracións e todos eses momentos compartidos nos que, pouquiño a pouco, Catarina tomou forma por fin para convertirse en realidade.
Podedes adquirir "O corazón tecido de Catarina" no seguinte enlace:
Sé que llego con el tiempo justo, dejando todo para el último momento para variar. Pero quizás sea la única alternativa que me queda. Sobre todo en estos tiempos en los que aferrarnos a los sueños es lo único que nos alienta a continuar. Sin duda. Como ustedes saben, el mundo se derrumba a nuestro alrededor, y no nos enamoramos, no. Parece que todo lo contrario. Por ello me gustaría que mi regalo de este año fuese un mundo nuevo. Lo sé, complicado introducir semejante volumen en un paquete tan pequeño, pero ustedes hacen magia, ¿no? Qué ilusión encontrarme un juego de construcción, como los Lego de toda la vida, para poder crear un mundo encajando cada pieza: unos ideales nuevos, un gobierno nuevo, honestidad, cooperación, humildad, sinceridad, transparencia, mucha bondad y menos corrupción, mucha información y menos ignorancia. Y libertad, que aunque parece en peligro de extinción existe, seguro. Libertad para poder decidir, opinar, trabajar, amar. Todos esos valores que nos hacen ser personas íntegras, y no simples marionetas. ¿Será posible? He sido buena, no crean, así que no pido un imposible. Y si mañana no se cumple mi petición, seguiré intentándolo. Al fin y al cabo, la ilusión es algo que todavía nadie podrá arrebatarnos.
Una imagen
dice mucho por sí misma y, sin embargo, podemos encontrar tras ellas diferentes
historias. Las siguientes fotografías son de Raquel Calviño y de ellas ha
surgido este pequeño relato. Si queréis ver más mundo a través de sus ojos, no
dudéis visitar su perfil en instagram: @raquelcalvino
El aire no pesa aquí fuera. No
es viciado ni tenso. Cierro los ojos para aprovechar cada porción de oxígeno.
Muy arriba, en el piso dieciséis, una compacta bola de palabras se golpeaba de
un lado hacia otro de las paredes. Ahora se ha evaporado. Aliviada, siento las
caricias certeras de los finales agridulces en mi piel y, sin embargo, no me
importa. Mis armas quedaron en las alturas y llevo los bolsillos vacíos. Sin
embargo, siento que las cuerdas se han soltado y huelo aromas libres, no
embotellados.
"Libertad" es una
etiqueta que se vende a un precio alto en los souvenirs. Avanzados algunos
metros soy consciente de ello. Siento que mis piernas comienzan a flaquear y un
atisbo de remordimiento flota en el ambiente. Me detengo. Busco refugio en las
otras vidas que he creado para escapar de mi misma. Aquellas que no me miran a
los ojos para pronunciar reproches o sentenciar mi destino.
La vida se sucede en una
secuencia lineal de momentos. Y la mía parece no seguir ese ritmo, sino complicarse
en un bucle interminable de capítulos que no terminan nunca.
"Libertad" es una palabra ambiciosa que creí poseer muy brevemente.
Hasta qué fui consciente de que había dejado cabo sueltos. Ahora estoy en
suelo firme y no sobrevuelo las alturas. Ahora se que debo llevarlos
conmigo sin remedio.
Busco la calma en el humo.
Desearía ponerme en su lugar para desaparecer cuando el cigarrillo se consuma.
Volverme invisible para no tener que cargar con este peso a mis espaldas.
Ingenua. "Libertad" es una etiqueta que se vende cara, demasiado. Y
el hombre que permanece tendido en el suelo del piso dieciséis es la prueba más
evidente. Quizá deba tratar de convivir con este sucedáneo de libertad que yo
misma he creado.